12
May

COLECCIONISTA DE OBJETOS


“El diseño del apartamento, completamente egoísta, es para un soltero”, comenta su dueño, que después de radicarse un tiempo fuera del país, regresó a Colombia y encontró en este lugar el espacio que quería habitar. Ubicado en una zona céntrica de Bogotá y rodeado de ventanales que le ofrecen una vista privilegiada sobre la ciudad y la vegetación circundante, reconoció en su estructura el potencial para llevar a cabo una reforma integral.

El espacio original tenía cuatro habitaciones, que se redujeron a solo dos, muy generosas. Una de ellas es ahora la alcoba de huéspedes, mientras la otra, la principal, goza de un área extensa, con lugar para una sala y una mesa auxiliar. Igualmente amplio es el baño principal. La zona social, que incluye un recibidor, el salón, el comedor, la cocina y un cuarto para la televisión, entre otros, se concibió como un ambiente abierto e interconectado, que le da aire y fluidez a la vivienda y saca el mayor provecho del metraje.

“El lujo más grande de hoy es tener espacio”, le dijo al propietario el arquitecto bogotano Guillermo Arias, quien lo asesoró en el proceso de diseño y desarrollo de los ambientes. Por esta razón, al buscar el sitio para establecerse a su regreso al país, optó por remodelar un apartamento viejo, amplio y generoso, en vez de comprar algo más nuevo y seguramente más pequeño o costoso.

El presupuesto para la remodelación era algo limitado, por lo cual escogió en la intervención una paleta de materiales básicos, austera, tranquila y duradera. Los pisos se plantearon en microcemento, que otorga un carácter sencillo y los hace fáciles de mantener. Esta condición probó ser ideal para albergar los Golden Retriever que llegaron a habitar el espacio. Los muros, pintados de blanco, reflejan la luz y llenan de brillo la totalidad de los ambientes. Y la madera, utilizada en muebles, puertas y objetos decorativos, da calidez a todos los rincones del hogar, mientras trae al presente gratos recuerdos de los tiempos vividos en el occidente de Estados Unidos.

Es así como aparecen el granero, una pieza elaborada a principios del siglo XX, adquirida en una granja del medio oeste norteamericano, y múltiples objetos encontrados en anticuarios de Indiana y Montana, hechos de madera, con diseños sencillos, que exhiben la herencia nórdica/utilitaria de los inmigrantes escandinavos que llegaron a esta zona del país del norte. Los pufs y bancas –también de madera– de la sala, al igual que la cama de la habitación principal, son de la artista norteamericana Alma Allen, cuya obra de formas orgánicas sugiere una afinidad con el paisaje del desierto estadounidense.

Por su parte, el mesón del comedor, de origen asiático, fue hallado en una tienda en Los Ángeles, mientras que la mesa de centro del salón, otrora para masajes, se adecuó cortándole las patas para que adoptara su nueva función. La mesa de apoyo sobre la cual se posa un Buda fue adquirida para un proyecto comercial del arquitecto paisa Pablo Uribe. Sin embargo, una vez llegó a este espacio, encontró su lugar y no volvió a salir de allí.

Con una arquitectura limpia y sencilla como fondo, y unas piezas de mobiliario cargadas de historia y significado, el apartamento se puebla de recuerdos y adquiere una identidad propia. Las obras de arte, en todos y cada uno de los espacios, refuerzan el carácter y la personalidad de la vivienda. En el recibidor aparece orgulloso el David, del artista bogotano Miguel Ángel Rojas, que exhibe poderosamente las huellas de la guerra. La contundencia de la obra y la íntima conexión que generó con el propietario, hace que su presencia se repita en la habitación principal, a partir de una reinterpretación de esta fotografía por parte del artista Esteban Peña.

“Me encanta buscar objetos, regalos, piezas de arte, hacer alianzas con artistas y artesanos a los que admiro”, comenta su propietario. Por esto, la vivienda se ha llenado de detalles y obras de arte cargadas con historia. Tal es la fascinación por esta práctica que ha decidido llevarla un paso más allá: entre sus planes está abrir un espacio comercial en Bogotá al que denominará La Comuna, para compartir estos intereses al calor de un café y comercializar los elementos que va encontrando en el camino.

El espacio de esta vivienda –un apartamento viejo y en desuso– se transforma en un hogar lleno de vida, historia y carácter, que aprovecha las bondades y generosidad del área, combinadas con una arquitectura sobria y sencilla, un mobiliario cálido y cargado de identidad, y una colección de arte diversa y contundente.

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