15
Mar

Pensar fuera de la caja


Una sensación de aire y espacialidad impregnan este apartamento de tres plantas en Bogotá. Al entrar, un gran ventanal que recorre de piso a techo la totalidad de la fachada, inunda de luz tres espacios compartidos que son vitales dentro de este hábitat: la cocina, el comedor y la sala. En ellos, materiales como el concreto a la vista, paredes enchapadas en flormorado macizo quemado y una mezcla de granitos fundidos in situ, componen una propuesta de diseño interior que rompe con la tradición uniforme del ladrillo terracota, las paredes blancas, los techos bajos y los espacios cerrados que caracterizan la tipología de vivienda urbana de esta ciudad.

Mesa de Zientte, frutero de Miscelánea Popular, sillas Thonet y lámpara de Diamantina y la Perla. Foto: ©Mónica Barreneche.

Hace pocos años existió en Bogotá Nolita, un restaurante que no duró abierto mucho tiempo, pero marcó un antes y un después en la escena del interiorismo comercial capitalino, gracias a su diseño interior a cargo del arquitecto Felipe Villaveces. Nolita se fue, pero su estilo quedó marcado en la memoria de muchos. Sobre todo, en la retina de la arquitecta manizalita Jimena Londoño quien encontró en este proyecto residencial el espacio ideal para reinterpretar algunos de los conceptos básicos de una de las etapas más relevantes en la historia del diseño. Para Londoño, la estética moderna es un ejemplo a seguir. Traer de vuelta ese imaginario espacial a un estilo de vida latino, urbano y contemporáneo, le tomó a la arquitecta seis meses de diseño y tres meses para su ejecución. Sin embargo, nada de esto hubiera sido posible sin contar con clientes dispuestos a romper el molde.

Sillas Olivia de Folies. Foto: ©Mónica Barreneche.

Para lograr un diseño diferencial a las ofertas actuales de vivienda establecidas por las constructoras en Bogotá, el empresario Andrés Vasco y su pareja, la actriz Manuela González, tuvieron que reinventarse los 300 metros cuadrados que habían adquirido. Para esto le encargaron el diseño arquitectónico a Liliana Rubio. Una vez finalizada esta primera etapa, Jimena Londoño se encargó de pensar un espacio que sería el resguardo de dos padres, tres hijos, un gato, invitados permanentes y una gran herencia de libros y obras de arte colombiano.

Manuela González trae con ella un bagaje arquitectónico heredado de la profesión de su padre y un entendimiento del arte como un habitante más de la casa. Su madre fue crítica de arte y coleccionó piezas de Manuel Hernández, Eduardo Ramírez Villamizar y Miguel Huertas, que hoy conviven con Vasco y González, quienes han convertido este espacio en un proyecto de vida. Juntos estuvieron involucrados en cada momento de su creación y, según la arquitecta, este interés fue una herramienta clave para el resultado final del proyecto el cual considera que, hasta ahora, ha sido su trabajo más completo. “Un proyecto más allá de un capricho arquitectónico de uno, es una lectura de lo que se sueña el cliente. Materializarla con la experiencia que uno trae consigo es lo más complejo”, comenta Londoño.

Foto: ©Mónica Barreneche.

Una complejidad que fue la consecuencia de la cantidad de detalles o “filigrana”, como le gusta referirse a Londoño al trabajo artesanal que caracteriza este espacio. Uno de los mejores ejemplos de estas “filigranas” está en la escalera. Su construcción minuciosa en una estructura metálica es escondida por la madera de roble danés que la recubre, por las barandas en vidrio y los pasamanos en bronce. Todo ello, con uniones invisibles al ojo que la observa. Por otro lado, la inclusión de una pared en ladrillo que recubre la sala –este material es un recuerdo importante de la infancia de González–, que la misma arquitecta recubrió a mano con cal para darle un acabado industrial que fuera más acorde con la totalidad del espacio. Por último, un mueble de tres metros de largo que recorre el piso hasta el techo y divide el ambiente compartido entre el comedor y la sala sin interrumpir con la funcionalidad de un espacio abierto. Sin embargo, el elemento artesanal que más resalta y que recorre los dos pisos del apartamento es el uso del granito fundido a cargo de Oscar Páez.

Foto: ©Mónica Barreneche.

Al preguntarle a Londoño sobre su mayor logro y aprendizaje de este proyecto, la arquitecta resalta la capacidad de pensar cada espacio desde lo macro a lo micro. Desde la entrada por el segundo nivel, pasando por las habitaciones secundarias ubicadas en el primer piso, hasta llegar a la terraza abierta en el tercero, en esta vivienda nada sobra, todo se conecta y tiene una razón de ser. El resultado final es una especie de townhouse deconstruido, ideal para una familia activa que valora la intimidad dentro de una vida en comunidad.

Silla y escritorio de Folies. Lámpara de mesa de Dessvan. Foto: ©Mónica Barreneche.

El apartamento está hecho con materiales fríos, pero es supremamente cálido. Esto se debe en parte a la inclusión de un sistema de calefacción oculto, pero también a la elección de elementos como por ejemplo las cortinas en lino de colores taupe, arena y champaña, que sirven para dividir los espacios de la habitación principal, la cual actúa como un espejo –en cuanto a espacialidad se refiere– del área social. Esta característica le da continuidad a la sensación de aire con la que recibe desde un princípio el apartamento a sus habitantes.

“En este momento, después de haber pasado por varios procesos de ensayo y error, podría decir que esta es mi casa soñada”, comenta Manuela González al preguntarle sobre el proceso de crear este espacio. Tanto ella como la arquitecta concuerdan al decir que fue un proceso colaborativo en el cual hubo química mutua desde un principio. Este apartamento en su totalidad cohesiva, funcional y estética, es el resultado de una disposición a hacer las cosas bien y a un constante trabajo en equipo.

Foto: ©Mónica Barreneche.

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